Cómo nació la leyenda de Drácula

Publicado por Leonidas el 30 Abr 2007 | Categoría: General, Literatura, Historia, Mitos y Leyendas

¿Héroe Nacionalista o Monstruo de Hollywood?…

Por: Dorin Iancu
de la revista “Panorama Rumano”


 

Ya antes de que el personaje real que la inspiró (el vaivoda de Valaquia Vlad el Empalador) haya concluído su atormentada existencia en la palestra polí­tica del siglo XV, la leyenda habí­a cobrado cuerpo. Una primera narración, escrita en alemán, circulaba antes del año 1476, o sea el año cuando se murió Vlad. Hasta fines del siglo, este cuento alemán tuvo cinco ediciones; en paralelo circulaba otra narración, en ruso.

Cuatro siglos después, o sea en el siglo XIX, la leyenda de Drácula se habí­a difundido por todo el mundo. El fenómeno se debía a una novela de horror que publicara el irlandés Bram Stocker en Londres, en 1897. La novela, de extraordinario éxito, inspiró a muchos otros autores, decenios seguidos, hasta nuestros días. Drácula fue el héroe de numerosos escritos y piezas de teatro, así como de un impresionante número de pelí­culas - más de 400 - al despuntar el séptimo arte.

Esta popularidad del personaje visto, por turno, en una manera histórica, de crónica, a través del gusto por lo sobrenatural en las narraciones medievales, en la literatura moderna de género policíaco, explotando lo sensacional, la violencia y el crimen, luego en las cintas de horror (desde el cine mudo hasta la técnica de última hora que se usa hoy en la cinematografía), esta popularidad, digo, se creó en detrimento de la realidad, sin respetar la verdad histórica. El aspecto fabuloso vino ahogando la realidad. Los epí­gonos de Bram Stocker, en su deseo de superar al maestro, hicieron hincapié en la crueldad de Drácula, atribuyéndole una larga actividad de vampiro. La frecuente reiteración del tema hizo de Drácula una especie de arquetipo del vampirismo. Tan difundida llegó a ser la idea, que en un libro publicado en 1972, en Parí­s (Raymond McNally y Radu Florescu: En Busca de Drácula) los autores se propusieron esclarecer y disociar la verdad histórica de la fabulación de las leyendas medievales y las fantasías de los autores modernos. Para esto, incluyeron dos capí­tulos explicativos referentes a la aparición y la difusión de las supersticiones en relación con los vampiros, las cuales preceden en el tiempo la existencia de Vlad el Empalador.

Mencionemos primero que la forma rumana del nombre es “Draculea”, Vlad el Empalador era hijo de Vlad Dracul, prí­ncipe de Valaquia entre 1436 y 1447. Dracul significa hoy “diablo”, pero en la Edad Media también tenía el sentido de dragón. El apodo del padre de Vlad el Empalador se debe al hecho de que había recibido de Segismundo de Luxemburgo la Orden del Dragón, por lo cual el dragón llegó a aparecer en su sello personal y en el sello oficial del reino. Vlad Dracul era hijo de Mircea el Viejo, prí­ncipe de Valaquia entre 1386 y 1418. De modo que Vlad el Empalador era nieto de Mircea el Viejo. Por línea materna, también era nieto del prí­ncipe de Moldavia Alejandro el Bueno (1400-1432), pues se emparentaba con la dinastía de ambos paí­ses rumanos mencionados. Como prí­ncipe, mantuvo una larga y estrecha alianza polí­tica con Ioan de Hunedoara, prí­ncipe de Transilvania (el tercer paí­s rumano), otra personalidad de fama europea.

Vlad el Empalador reinó en Valaquia de 1456 a 1462, luego durante dos breves perí­odos de contadas semanas en 1468 y en 1476. Su presencia en un escenario que corresponde en realidad a todo el territorio rumano coincidió con una época de intensa presión del Imperio otomano sobre Europa. En 1448 tuvo lugar la batalla de Kosovo, en 1453 caía Constantinopla. En la “primera lí­nea” en la ví­a del peligro otomano estaban los países rumanos, las potencias feudales de Europa venían detrás.

La inestabilidad debida a la presión otomana y a las tensiones internas explica el hecho de que, aunque peleó casi 30 años por obtener el trono, Vlad el Empalador reinó menos de seis años. Pero este reinado fue memorable. La campaña que libró contra los turcos a fines de 1461 tuvo por efecto sombrear el éxito de una potencia en plena expansión. La fama y el miedo a este prÃíncipe rumano eran tales que, según relata un cronista turco, una parte de los habitantes de Constantinopla estaban listos para abandonar la ciudad y refugiarse en Anatolia. Pero Vlad era más que temerario: tení­a sentido polí­tico y la conciencia de la unidad nacional de los rumanos de los tres países feudales. Es así como se explica su iniciativa polí­tico-militar de apoyar la subida al trono de Moldavia de Esteban el Grande; fue una iniciativa de efectos perdurables, como lo demuestra el largo reinado del brillante vaivoda moldavo, de casi 48 años (1457-1504).

En el plano interno, la atención de Vlad el Empalador se centró en el restablecimiento del orden en el país. Las intervenciones extranjeras habían deteriorado la estabilidad interna, produciendo un inquietante auge de la delincuencia. Bandoleros atacaban a la gente en las ciudades y en los caminos que llevaban a ellas. Vlad actuó con firmeza para restablecer el orden y la seguridad de los caminos y en las ciudades. Pero imponer la ley no fue para él una meta en sí­: las medidas tomadas contemplaban el progreso económico y el estí­mulo del comercio. Fundador de numerosas iglesias y monasterios, personalidad que desempeñó un decisivo papel en el desarrollo de la capital de Rumania - la ciudad de Bucarest llegó a adquirir rango de ciudad principesca gracias a él, el documento que representa la primera atestiguación oficial de la ciudad, datando de 1459, es firmado de su puño y letra -, Vlad el Empalador no estaba preocupado en exclusividad por asuntos militares o represivos. Pero las condiciones de la época le obligaban a concederles suma atención.

Es la manera implacable en la cual aplicaba la ley la que explica su fama de persona cruel, visible igualmente en el apodo que se le dio. Pero, ulteriormente, su fama resultó muy exagerada, hasta desaparecer toda semejanza con la realidad, por la obra de ficción dedicada a Drácula. La campana que libró contra los turcos en 1461 - en realidad un ataque por sorpresa en el propio campamento turco, de noche - les produjo 25.000 muertos y un espanto inimaginable. Igualmente duras fueron las represalias que mandó y realizó contra la incursión al Sur de Transilvania de unos pretendientes al trono de Valaquia que habí­an encontrado allí­ sostenedores.

El castigo que aplicaba, en aquel perí­odo en uso también en otros paí­ses, era el empalar a los malhechores y los enemigos del paÃís. De modo que Vlad merecía su sobrenombre “el Empalador”, porque este castigo era durante su reinado, como afirma el historiador C.C. Giurescu, una realidad. Basada en motivos serios. No se trataba de meros caprichos o del resultado de un temperamento impulsivo, sino lo dictaban razones de Estado. Los pretendientes al trono, los que violaban el orden, los malhechores y los enemigos del exterior debí­an sentir que “el paí­s era regido por una voluntad férrea”, dice el mismo C.C. Giurescu.

Prí­ncipe inclemente en un siglo en el que el rigor estaba al orden del dí­a, mas igualmente valiente, en una época en la cual el coraje era imperiosamente necesario en el servir de los paí­ses rumanos, Vlad el Empalador permanece como una personalidad de primer tamaño en la historia nacional rumana. Su semejanza con el personaje que inspiró a la literatura sensacionalista sólo es aproximativa. Pero el haber entrado en leyenda tiene valor y significado de sí­mbolo.

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