Filosofí­a y Religión

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“El Exorcista”: La verdadera historia

Enviado por aquiles el 11 May 2008 | Categorí­a: Filosofí­a y Religión, Esoterismo, Mitos y Leyendas

William Peter Blatty, autor de El Exorcista, era un joven estudiante de literatura en la Universidad Jesuita de Georgetown (Washington DC) cuando, en agosto de 1949, leyó una noticia en el diario The Washington Post: “Un sacerdote libra a un joven de Mount Rainier de las garras del demonio”. Veinticinco años después, tras investigar los hechos y cambiar – a petición del padre Bowdern, sacerdote que practicó aquel exorcismo – la identidad del protagonista, por la de una niña, escribió una novela de la que se vendieron trece millones de ejemplares. Dos años más tarde la convirtió en el guión de la mítica película del mismo nombre. Según Blatty, Bowdern, obligado por el juramento de secreto a no hablar del exorcismo, le dijo únicamente: “Puedo asegurar que el caso en que me vi implicado era auténtico”.

El arzobispado local ha eludido en diversas ocasiones la entrega de los documentos oficiales respecto a este caso, “por razones serias y validas” según sus propias palabras, pero nunca ha negado su existencia. Hoy, sin embargo, conocemos todos los detalles gracias a Tomas B. Allen quien, cuarenta años después, consiguió que el padre Halloran – uno de los nueve jesuitas que asistieron a Bowdern – le facilitara un diario del exorcismo. Este escrito fue hallado en 1978, durante las obras del Hospital de los Hermanos de los Pobres de Saint Louis, en una de cuyas habitaciones, clausurada hasta esa fecha, se produjo el exorcismo último y definitivo. Se trata de veintiséis páginas mecanografiadas en las que se recogen los testimonios de 48 personas que asistieron a la víctima y contemplaron de cerca su endiablado estado.

El maligno se manifiesta

Todo empezó con el ruido de un suave goteo en casa de los Mannheim – los nombres son falsos –, en Mount Rainier (estado de Washington). Allí vivía Robbie, un chico de 13 años, con su abuela materna, su madre y su padre. El persistente sonido se inició un sábado por la noche. El niño y su abuela se hallaban solos y realizaron una gira por las habitaciones buscando el origen del ruido. Al entrar en el dormitorio de la anciana, vieron que en un cuadro en el que se representaba a Jesús estaba torcido y se movía como si alguien golpeara la pared tras él. El goteo cesó para dar paso al chirrido de unos arañazos tras la pared, “como si una garra rascara la madera”. Los arañazos continuaron oyéndose durante once días. Comenzaban hacia las siete de la tarde y paraban a media noche. Curiosamente, se detuvieron el día en que murió Harriet, una tía espiritista de Robbie, que había enseñado al muchacho a manejar el tablero ouija. A partir de aquel momento, Robbie pasaba horas enteras jugando con la ouija, intentando entrar en contacto con su querida tía difunta. Fuera ésta o no la causa de la posesión, el hecho es que los fenómenos paranormales comenzaron a producirse a su alrededor sin interrupción. Al irse a dormir oía pasos junto a su cama y, durante el día, objetos y muebles pesados se deslizaban por el aire o se volcaban solos. Sus parientes podían ver girar vertiginosamente las sillas en que Robbie se sentaba. Él insistía en que no era culpa suya. Pero la fenomenología crecía y llegó a un punto de paroxismo la noche en que, para ahuyentar el miedo del chico, su abuela y su madre se acostaron con él. De pronto el colchón levitó y colcha y sábanas – completamente estiradas – se elevaron ante sus ojos como si algo invisible tirara de las esquinas.

La familia consultó a médicos, psiquiatras y psicólogos, que declararon normal a Robbie. También a médiums que diagnosticaron una crisis de adolescente que pasaría a su tiempo. Pero Robbie ya no podía siquiera ir al colegio: su pupitre daba saltos y golpeaba los de los demás niños. Había comenzado a volverse hosco y reservado. Además, durante las noches tenía pesadillas en las que parecía hablar con alguien. Sus padres se dirigieron a un sacerdote luterano llamado Schulze quien, creyendo estar ante un poltergeist, rezó por el muchacho. Pero, tras pasar una noche con él y ser testigo directo de la aterradora fenomenología que rodeaba a Robbie y, sobre todo, al aparecer el 26 de enero sobre el pecho del niño unos arañazos en forma de letra, “como si alguien los hubiera trazado desde dentro con un cuchillo”, Schulze comenzó a pensar que un poder maligno había invadido al muchacho.

Es sabido que la posesión demoníaca se manifiesta, progresivamente, de tres formas: infestación (el demonio actúa sobre la materia circundante y produce fenómenos telequinéticos de toda índole); obsesión (atormenta a la víctima sin hacerla perder el conocimiento pero de modo evidente); y posesión (invade el cuerpo de la persona y lo trata como propiedad suya). Para Schulze, Robbie estaba a punto de pasar a la tercera fase, así que recomendó a la familia consultar a un sacerdote católico: “Ellos entienden de estas cosas”. Y es que, mientras las iglesias luteranas no conceden ninguna credibilidad teológica a la existencia del demonio, la católica tiene una larga tradición de exorcismos que se remonta a los realizados por Jesús. Además, desde los comienzos de la Cristiandad, cuentan para practicarlos con un ritual que se formalizó en 1614 bajo el nombre de Rituale Romanum.

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La teoría de los universos paralelos y el viaje al País de las Hadas

Enviado por aquiles el 31 Ene 2008 | Categorí­a: Ciencia, Filosofí­a y Religión, Ciencias Alternativas, Esoterismo, Mitos y Leyendas

En todo el planeta se escuchan historias sobre un mundo paralelo, habitado por seres semejantes a nosotros, pero que se dejan ver en contadas ocasiones. A veces se afirma que tal o cual humano ha estado allí: en la Tierra de la Eterna Juventud. Pero ¿se trata sólo de un mito o realmente existen los universos paralelos y las puertas de acceso que únicamente descubren unos pocos privilegiados?

Si alguna vez tiene la oportunidad de viajar al Landerdale escocés posiblemente tenga la oportunidad de escuchar la historia de Tomás de Erceldonne, a quien en vida llamaron “el Verídico” y “el Versificador”: un poeta de prestigio que vivió bajo el reinado de Alejandro III, rey de Escocia. Al menos en lo fundamental, su fama se debía mucho más a su condición de vidente que a su talento lírico. Sus acertadas predicciones le valieron la admiración de sus compatriotas.

Sin duda, el hecho de que se tratara de un hombre culto y de éxito social otorga especial interés a sus afirmaciones, puesto que en su caso debemos descartar que éstas respondieran a la voluntad de obtener el reconocimiento público de sus méritos. Semejante relato sólo podía dañar su reputación adhiriéndole la etiqueta de mitómano extravagante. Sin embargo, según su propio testimonio, en una ocasión se vio envuelto en una serie de acontecimientos misteriosos, que muchos autores no han dudado de calificar de acceso a una “discontinuidad en la trama espacio-temporal”: una rotura en el tejido dimensional que le habría llevado a un mundo paralelo. Y, en cualquier caso, incluso si es del todo escéptico respecto a esta posibilidad, hay que reconocer que Erceldonne debió estar muy convencido para arriesgar su impecable fama comunicando estas experiencias.

Cierto día, mientras paseaba por los bosques de Huntlybank, próximos al célebre monasterio escocés de Melrose, Tomás vio llegar a una hermosa mujer montada a caballo. Impresionado en un primer momento por la belleza de la dama, no tardó mucho en reponerse y comenzar a cortejarla. Ella contestó a los requerimientos advirtiéndole que, si accedía a sus pretensiones, debería convertirse en su esclavo. Lo que hasta el momento era una escena bucólica se convirtió repentinamente en un suceso extraño e incluso aterrorizante.

La mujer cambió de aspecto instantáneamente para transformarse en una anciana deforme. Tomás no se echó atrás. Estaba profundamente impresionado por el primer aspecto de la interlocutora y afirmó, como hipnotizado, que no le importaba. La mujer le instó a que le siguiera. Entonces, se introdujeron en una gruta y comenzó un viaje delirante entre tinieblas y sonidos anómalos.

Al cabo de lo que parecieron tres jornadas, salieron a un jardín de increíble belleza. Su guía había recuperado sus primeros rasgos, e incluso había ganado en hermosura y juventud. Quiso probar unas manzanas, pero ella no se lo permitió. Después llegaron hasta una mansión palaciega donde estaba preparada una gran mesa. Los comensales bailaban de tres en tres y el poeta gozó de innumerables placeres y diversiones.

Así transcurrieron los días, hasta que la mujer le indicó que debía abandonar el país. Cuando su anfitriona le preguntó cuánto tiempo creía haber permanecido allí, Tomás le contestó que unos siete días. Ella, sin embargo, afirmó que habían transcurrido siete años.

En un instante volvió a estar en el bosque. La mujer se despidió de él y le dijo que le otorgaría el don de “una lengua que no podía mentir”. No pocos problemas le causo aquel regalo, que a menudo le puso en evidencia, ya en nuestro espacio-tiempo, frente a la Iglesia y el propio Rey. Todo lo que afirmaba Tomás de Erceldonne, llamado “el Verídico”, resultaba ser cierto inexorablemente.

La Tierra de la Eterna Juventud o la Tir Tairngiré (la Tierra de la Promesa), también conocida como el Imperio de la Esperanza; el País de la Alegría o el País Nebuloso, recibe, en las lenguas celtas, otras denominaciones significativas, como las irlandesas Tir Nan Og (la Tierra de la Juventud), o Tire Nam Beo (la Tierra de los Vivos). Se trata de un mundo maravilloso en el cual el tiempo transcurre de forma diferente. Pero ¿es esto posible? ¿Puede un ser humano vivir en un tiempo ralentizado en alguna parte, de modo tal que a su regreso hayan pasado años mientras él siente que sólo han transcurrido unos pocos días?

Es elocuente observar que mientras en el pasado estos relatos comunicaban una experiencia inexplicable y considerada imposible a la luz del conocimiento contrastado, en nuestro siglo la moderna física teórica ha descubierto una legalidad cósmica que no sólo nos permite explicar el mecanismo que haría posible la existencia efectiva de estos universos paralelos, sino también la coherencia de los viejos relatos al señalar dónde podrían situarse las puertas de acceso a esos mundos; es decir, si para la ciencia del siglo XIX semejantes afirmaciones debían ser descartadas como fabulaciones o delirios, para la de nuestros días la respuesta tajante a la pregunta de sí esto es posible, es… ¡sí!

Ni siquiera tendríamos que abandonar nuestro Universo. Tiempo y movimiento están interrelacionados. Una de las conclusiones más sorprendentes de la teoría de la relatividad de Einstein es la conocida como “dilatación temporal”, según la cual para alguien que se moviera mucho más rápidamente que un observador (en reposo relativo respecto a ese ente en movimiento), el tiempo transcurriría más lentamente. Esto ya ha sido demostrado. Un avión sincroniza relojes muy precisos en su interior con los de tierra antes del despegue. Ya en el aire, alcanza una gran velocidad. A más velocidad mayor será el “retraso”. De hecho, si se pudieran alcanzar velocidades próximas a la de la luz, la diferencia podría ser de años. Conociendo la diferencia de tiempos, y suponiendo que el viajero recorre el espacio a una velocidad constante, gracias a una de las ecuaciones de las llamadas Transformaciones de Lorentz, podríamos conocer la velocidad del viajero.

Ahora bien, Tomás de Erceldonne creía haber pasado una semana en el extraño jardín de la bella “cazadora”. Sin embargo, afirma que en la Tierra habían transcurrido siete años. Si Tomás hubiera accedido a algún lugar en movimiento respecto de la Tierra, podríamos calcular la velocidad a la que el jardín, con todos sus habitantes, se estaba moviendo. Aplicando la transformación temporal de Lorentz obtenemos que esa velocidad habría sido aproximadamente de 299.788,9 km. por segundo. Es decir 0,99 veces la velocidad de la luz, que es aproximadamente de unos 299.790 km. por segundo. ¿Y qué hubiera ocurrido si llegan a alcanzar la velocidad de la luz? Para nosotros, los habitantes de ese lugar serían fotones, partículas de luz. Para ellos, el tiempo se habría detenido. Vivirían en un eterno presente. Respecto de nosotros serían inmortales. Hasta se podría decir que, especulando desde este punto de vista, comerse la manzana de ese mítico jardín sería equivalente a “alcanzar la luz”, el conocimiento, el secreto de la eterna juventud y el dominio del espacio-tiempo.

El Universo como entelequia

La relatividad einsteniana hace de la velocidad de la luz el límite máximo que puede alcanzarse en nuestro Universo; y, sin embargo, en los laboratorios NEC el equipo del Dr. Lijun Wang consiguió acelerar un haz láser hasta 300 veces dicha velocidad. Se podía decir que la luz había llegado a su destino en el experimento antes de haber sido emitida. Una contradicción, o quizá no. ¿Y si la velocidad de la luz constituyera la frontera entre el Universo material y otro de cuya existencia y dimensiones no tenemos percepción alguna? ¿Es ahí adonde fueron el bueno de Tomás y el haz del doctor Lijung?

La visión del átomo de los físicos del siglo XIX, como la última partícula material y tangible, se viene abajo en nuestro siglo. La sensación de solidez del Universo es una falsa impresión de nuestros sentidos. El propio Lord Kelvin disentía de sus contemporáneos y la idea de que los átomos fueran algo sólido le parecía ridícula. Él adelantó el concepto de átomo como un mero vórtice de energía, cuyo movimiento provocaba la aparición de la materia dando la impresión de algo tangible. Otros grandes físicos como Maxwell, Thomson o Von Helmholtz, se adhirieron a la idea. En última instancia, la materia es una mera fachada que esconde energía en movimiento. ¿Y si ese movimiento en los vórtices que son los átomos alcanzara velocidades más altas que las de la luz? Entonces, quizá entraríamos en un Universo más amplio, con su propio límite de velocidades; un Universo cuya sustancia no sería la materia que conocemos, inaccesible para nuestros sentidos y con sus propias formas de existencia. Tal vez, la energía de ese otro mundo, ralentizando su movimiento, explique las extrañas aportaciones de energía que recibe el cosmos material.

En el límite de esas regiones, el espacio colapsa sobre sí mismo y los “viajeros” vivirían en un continuo presente. Es realmente un reino de la eterna juventud, donde es concebible hablar a la vez de metafísica, o “parafísica”, término acuñado por Sir Victor Goddard para definir la realidad paralela de la que supuestamente procederían los OVNIs: mundos invisibles para nosotros, pero que si pudieran ser percibidos veríamos que coinciden “espacialmente” e interpenetran el nuestro.

El átomo como vórtice de energía es una piedra fundamental en los postulados de la física hiperdimensional.

Físicos y matemáticos se han habituado al concepto de hiperespacio y a los modelos de Hilbert, que sirven de base a la teoría de las Supercuerdas, que explica nuestro Universo como el resultado de la resonancia energética de un espacio hiperdimensional. Cualquier matemático puede idear un espacio de Hilbert, con un número de dimensiones fijado de antemano y con su propia geometría. Si a cualquiera de esos espacios le dotamos de alguna forma de sustancia habremos creado un Universo. ¿Vivimos en un Cosmos hiperdimensional donde nuestro dominio está limitado, como un subconjunto, sólo a tres de dichas dimensiones? En este caso, para un ser que percibiera más dimensiones debería ser divertido observar nuestro asombro cuando los objetos de su región se proyectan en la nuestra.

A muchos se les habrá ocurrido que Tomás de Erceldonne, como tantos protagonistas de relatos semejantes, pudo ser abducido. Otros quizá se inclinen más por la hipótesis de la intrusión en algún espacio-tiempo distorsionado, como el que se produce en los alrededores de los llamados agujeros negros. No tenemos la respuesta. Pero sí resulta curioso que las entradas a ese mundo mítico, según los relatos, están situadas en puntos concretos del planeta y lleven siempre a dos lugares: a alguna tierra sumergida o más allá del mar.

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Misterios de la Navidad

Enviado por aquiles el 24 Dic 2007 | Categorí­a: Educación, Historia, Filosofí­a y Religión, Tradiciones

La Navidad es una fiesta de vocación universal, una noche de paz y de amor en la que los cristianos conmemoramos lo que para otros es un mito: la encarnación del hijo de Dios en la tierra por amor y compasión hacia la humanidad. Pero, los mitos – como la fe – lejos de reducirse a imágenes inexistentes, son expresiones de fuerzas motoras que trascienden la mente humana y dan sentido a nuestra existencia. De ahí que el significado fraterno y universal de la Navidad la sitúe más allá de cualquier consideración lógica. Ello no nos impide indagar en el fundamento histórico y mitológico de nuestras creencias sobre el nacimiento de Jesucristo y las circunstancias que lo rodearon.

Las concepciones católicas sobre la vida de Jesús, al igual que muchas de nuestras costumbres navideñas, se basan no sólo en los libros del Nuevo Testamento, sino que deben mucho a la tradición de los cristianos primitivos y a los evangelios apócrifos (escondidos u ocultos). Algunos de éstos gozaban de similar validez y popularidad a la de los cuatro evangelios canónicos en los primeros siglos del Cristianismo, siendo rechazados luego, como textos de origen o autenticidad dudosos, debido a sus abundantes fantasías orientales, o bien como sospechosos de herejía o poco recomendables. Pese a esto, en ellos y no en otras fuentes encontramos – por ejemplo – los nombres con los que hoy designamos a los tres Reyes Magos, a los padres de la Virgen María, o al centurión Longinus; en ellos aparecen el asno y el buey que hoy colocamos junto al pesebre, y lo que es más importante, en algunos de ellos se fundamentan los dogmas marianos y el culto a la Virgen, dando multitud de curiosos detalles sobre el nacimiento e infancia de Jesús.

Aunque hoy ningún especialista bien informado pone en duda la existencia real de Jesús, es universalmente reconocido que – como personaje histórico – sabemos muy poco de él, ya que en los documentos del siglo I que se conservan apenas se dice nada, aunque hay sobradas referencias respecto a sus seguidores.

Cuantos textos que hablan de su vida fueron escritos o reelaborados por la comunidad cristiana y vienen mediatizados por la fe y la creencia en su naturaleza suprahumana. Así habría que entender las referencias a su nacimiento e infancia.

“Ello se debe – explica el Padre Antonio Salas, doctor en ciencias bíblicas y director de la Escuela Bíblica de Madrid – a que la comunidad cristiana comenzó su experiencia de fe a partir de su muerte y resurrección. Es a partir de ésta cuando deseando los primitivos cristianos saber más sobre la vida de su líder, para calmar su inquietud surgen los llamados Relatos de la Infancia, limitados a los dos primeros capítulos de los evangelios de Lucas y de Mateo, que primero circularon sin tales fragmentos; éstos –condicionados por la mentalidad y el entorno del siglo I, totalmente distintos a los nuestros – fueron elaborados desde la fe, la cual no deforma los hechos, sino que les da un sentido que la simple historia no consigue descubrir, un sentido que sólo puede valorar quien comparte idéntica vivencia de fe”.

Como la función de los evangelios no era la de servir de crónica histórica, nada nos dicen sobre cuando tuvo lugar la Natividad. Esta fecha se mantuvo sin precisar durante mucho tiempo y no existe tradición autorizada por la Iglesia que la confirme. Así lo recordó Juan Pablo II, explicando que “los expertos no se ponen de acuerdo sobre la fecha exacta, aunque se admite comúnmente que el monje Dionisio el Exiguo cometió un error cuando en el año 533 propuso calcular los años que habían transcurrido desde el nacimiento de Jesucristo”.

¿Cuándo nació Cristo?

Mateo asegura que nació en tiempos de Herodes el Grande y permaneció en Egipto hasta la muerte de éste, mientras que Lucas nos dice que el nacimiento en Belén se debió a un censo ordenado por César Augusto, siendo Quirino gobernador de Siria (bajo cuya jurisdicción se encontraba Palestina). Estas afirmaciones, cronológicamente, parecen irreconciliables.

Nos explicaremos: durante los primeros siglos de nuestra era se contabilizaban los años a partir del presunto momento de la fundación de Roma, el año 1 AUC (ab urbe condita), hasta que el teólogo y astrónomo Dionisio el Exiguo calculó – valiéndose de una sencilla comparación de fechas – que Jesús nació en el 753 AUC y fechando los acontecimientos a partir de ese año, conocido como 1 Anno Domini, posteriormente aceptado como el año 1 dC (después de Cristo), el comienzo de la Era Cristiana, siendo citados los años anteriores a la misma como aC. Sin embargo, el estudio posterior de los documentos de la época determinan que Herodes fue coronado en el 716 AUC (37 aC), muriendo en el 749 AUC (4 aC).

Hasta aquí, tan sólo detectamos el error debido al cual Jesucristo habría nacido, al menos, 4 años “antes de Cristo”. El problema reside en que – mientras ningún evangelio fecha la Natividad según cualquiera de las convenciones cronológicas usadas en la época o en el Antiguo Testamento – sabemos por la detallada crónica de Josefo que el censo de Quirino tuvo lugar en el año 6 ó 7 dC, tras la deposición y exilio del hijo de Herodes, pasando Judea a ser gobernada directamente por los romanos y teniendo a Coponio como primer procurador. Esto ocurrió en el noveno año de su reinado, el año 5 dC, momento en el que el Jesús de Mateo debía tener, al menos, 9 años. Mientras algunos comentaristas cristianos admiten que Lucas se equivocó en diez años al datar el censo, otros han mantenido que el nacimiento coincidió con un censo anterior (del que no ha quedado constancia documental), durante un supuesto primer mandato de Quirino sobre aquella zona, del 6 al 4 aC. Pero muchos críticos sostienen que – aun en tal caso – en el 4 aC los romanos no pudieron ordenar censo alguno en Belén, porque carecían de jurisdicción al estar gobernada por Herodes.

Lo único que sabemos con certeza es que, como corresponde al “Príncipe de la Paz”, Jesús nació durante la pax romana inaugurada por Augusto, y que – pese a ciertos estallidos rebeldes en Palestina – ha sido el periodo pacífico más prolongado que ha conocido el mundo mediterráneo a través de su historia.

Con respecto al día exacto en que el nacimiento tuvo lugar, la situación es igualmente incierta. En torno al año 130 el papa Telesforo instituye la fiesta de la Navidad, que – al parecer – se venía conmemorando desde el 98 dC y cuya fecha sufrirá muchas variaciones (celebrándose tan pronto el 28 de marzo como el 2 de enero, el 2 o el 19 de abril, el 20 de mayo o el 29 de septiembre, según el gusto y cálculos de los diversos intérpretes), hasta quedar fijada en el 6 de enero, día en el que ya la festejaban las comunidades cristianas orientales.

Sin embargo, la Iglesia no tarda en advertir que muchos fieles no le dan mayor importancia y se empeñan en seguir participando en la gran festividad solar del solsticio de invierno que tenía lugar en torno al 25 de diciembre. En ella se conmemoraba el nacimiento del dios de la luz, Mitra, “el Sol Invicto”, cuyo culto – desplazando al del solar Apolo – había florecido a lo largo del Imperio Romano del siglo I al III, anticipándose al triunfo del Cristianismo. Además, el 24 de diciembre era el último día de las Saturnales, fiestas solsticiales de la fecundidad instauradas en el 274 aC, durante las cuales se interrumpía toda actividad pública y se daban diversas muestras de buena voluntad, desde la igualdad de trato otorgada a los esclavos hasta la entrega de regalos y el establecimiento de una tregua pacífica en las contiendas. La alegría desbordante que las caracterizaba, acabó convirtiéndolas en unos días de jolgorio y desenfreno, peculiaridades que se han mantenido prácticamente intactas hasta hoy.

De hecho, las festividades de la antigüedad occidental tenían un carácter solar y se centraban en los equinoccios y los solsticios, aunque la diferencia de los antiguos calendarios con el actual y la dislocación provocada por la precesión de los equinoccios han causado una confusión de fechas, lo que no impide que sigamos celebrando nuestras fiestas los mismos días en que lo hacían nuestros ancestros. Y casi todos los pueblos de la antigüedad contaban con una solemne celebración nocturna, en honor a sus dioses o héroes solares, en torno al solsticio (que en latín significa “el sol se detiene” y corresponde al 21 de diciembre en nuestro calendario), el más corto del año, aquél en el cual el Sol permanecía menos tiempo en el horizonte y a partir del cual cesaba su declinación, señalando – por tanto – el comienzo de la victoria de la Luz sobre las tinieblas que amenazaban con cubrir la Tierra, privándola de su fuente de vida, al impedir que el Sol volviese a ascender. El fenómeno se da en forma opuesta en el hemisferio sur, en donde el 21 de diciembre es el día más largo del año.

Al considerar a estas fiestas como paganas, los cristianos desanimaron a muchos conversos que sentían la alegría con que las vivían como una necesidad.

De poco valieron las opiniones críticas de los que – como Clemente de Alejandría – ridiculizaban a quienes buscaban la fecha del nacimiento de Jesús, obteniendo los más dispares resultados, o de los que – como Orígenes – consideraban impropio festejar su aniversario “cual si fuera un rey faraón”.

Una vez más, se impuso la tendencia sincretista de la Iglesia primitiva, que – consciente de su arraigo – decidió, asimilar muchas fiestas, creencias y costumbres paganas, convirtiendo a numerosos dioses locales en santos, vírgenes, ángeles o demonios, y levantando sobre sus ancestrales santuarios nuevos lugares de culto cristiano. Y así, a mediados del siglo IV, se decidió fijar la celebración de la Navidad el 25 de diciembre, día en el que se había venido festejando la Epifanía y la adoración de los reyes magos, en un hábil trueque de fechas. El acierto de semejante decisión fue mayor dado que el Nuevo Testamento (al igual que algunos evangelios apócrifos) había dado a Cristo un carácter luminoso y hasta solar. El hecho sólo queda ensombrecido por la irónica paradoja de que – según los documentos de la época – quien verdaderamente nació un 25 de diciembre fue… ¡Nerón!

La naturaleza originalmente pagana de la celebración del 25 de diciembre como la fiesta de la Luz – muy extendida en el mundo antiguo – no la pone en duda ningún estudioso y, aún hoy, permanece claramente reflejada en multitud de tradiciones populares. Muchas prácticas universalmente extendidas en el mundo cristiano, como la entrega de regalos o el leño de Navidad, tienen su raíz en la celebración precristiana de esta fecha, en la cual – encendiendo un fuego con leña – se ayudaba mágicamente al Sol (que había llegado a su punto más bajo de manifestación anual) a recuperar su fuerza ígnea.

Hoy, la crítica neo-testamentaria no ignora que tal fecha contradice el relato evangélico. Lucas habla de unos pastores que pernoctan al aire libre, turnándose para vigilar sus rebaños; y sabemos – por las investigaciones meteorológicas – que la media de temperatura en Belén durante el mes de diciembre es de unos 2,8 ºC bajo cero, lo que – teniendo en cuenta que el clima de Judea no parece haberse modificado sensiblemente durante los últimos 2000 años – refuerza el testimonio del Talmud de que los rebaños salían a los campos desde marzo hasta principios de noviembre, permaneciendo en sus establos durante la estación invernal. Está, además, el hecho de que las heladas de tales fechas dificultarían aún más el supuesto desplazamiento de la Sagrada Familia a Belén.

Resulta curioso, no obstante, que se cuidara la coherencia de ciertas fiestas. Si la concepción de María tuvo lugar inmediatamente después de la Anunciación, que conmemoramos el 25 de marzo (nueve meses antes de Navidad) y que – según Lucas – sucedió al sexto mes de quedar embarazada su prima Isabel, es lógico que se celebre el nacimiento de su hijo Juan Bautista el 24 de junio, seis meces antes que el de Jesús.

¿Dónde nació Cristo?

Según el profeta Miqueas, el Mesías debía nacer en Belén. Y a Belén hace Lucas que se desplacen sus padres con motivo del censo, dejando claro que María y José vivían en Nazaret de Galilea y allí creció Jesús. A Belén se trasladan los Reyes Magos para adorarle, según Mateo. El motivo principal del censo romano – que se realizaba en el Imperio Romano cada 14 años – era calcular los bienes y recursos humanos con vistas a la recaudación de impuestos y al reclutamiento militar. Los eruditos han discutido hasta la saciedad sobre lo absurdo de hacer empadronarse a los ciudadanos en su lugar de nacimiento, con el formidable dislocamiento social que esto supondría, incluso para las tropas, obligadas a vigilar y ordenar el enorme tráfico, mientras que resultaría mucho más sencillo censarles en su lugar de residencia, limitándose a preguntarles dónde nacieron. Además, dado que José debería pagar los impuestos donde vivía, no tenía sentido inscribirle en Belén.

Por otra parte, es muy difícil que tal acontecimiento, con las indudables protestas que habría provocado, hubiese pasado inadvertido para cronistas rigurosos como Josefo. Finalmente, en el caso de que José hubiese debido desplazarse, lo más sensato hubiese sido dejar a Maria – a punto de dar a luz – en Belén, sin someterla a los indudables peligros que suponía tal viaje en aquella época. Todos estos razonamientos no impidieron que la historia del nacimiento en Belén echase raíces en la imaginación popular, hasta el punto de que se dice que – en torno al año 50 – circulaban por Belén árboles genealógicos de gente que pretendía estar emparentada con la familia de Jesús, a quien identificaban con el hijo del carpintero procedente de Belén.

Sin embargo, mientras Mateo dice simplemente que nació en Belén, permitiendo suponer que viviese allí su familia, en Marcos – el más antiguo de los evangelios – se cita a Jesús únicamente como nazareno, y en todos los demás se le liga continuamente a Nazaret, hablando de él como galileo. El evangelio de Juan explica incluso que algunos se preguntaban si el Cristo podía venir de Galilea y no de Belén, como dice la Escritura, sin molestarse en replicar tal afirmación. Por todo ello se ha mantenido que el viaje a Belén fue una forma de dar cumplimiento a la profecía.

Pero otros muchos investigadores han argumentado que Jesús nació en otro lugar de Galilea. Se basan en que Nazaret no aparece en ningún documento de la época o anterior, y en que la ciudad que hoy se conoce con ese nombre es relativamente moderna. Aunque Mateo diga que José habitó en Nazaret “para que se cumpliese lo dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno”, nadie ha podido encontrar una predicción bíblica que refrende tal afirmación.

<¿Nació Cristo en una gruta, un establo, una casa o un portal? Lucas afirma que sucedió en un pesebre, imagen que ha pervivido hasta hoy, mientras Mateo habla de una casa. Pero a mediados del siglo II la tradición sitúa el nacimiento en una cueva, según Justino y Eusebio. Esta disensión tal vez se entienda a la luz de los Apócrifos de la Infancia y el Protoevangelio de Santiago, que colocan el pesebre en una gruta como – según san Epifanio – haría la versión original del evangelio de Lucas.

Pudo haber una razón de peso para esta supuesta modificación: la caverna evocaba demasiadas imágenes paganas. Oscura, aislada, misteriosa, la cueva posee una vocación religiosa natural. Concebida como “centro del mundo” o como vientre materno, en ella celebraban sus ritos nuestros remotos antepasados. En diversas tradiciones era un lugar que permitía pasar de la tierra hacia el cielo y viceversa. No es extraño, por tanto, que en ella nacieran algunos dioses.

Y, a raíz del Concilio de Nicea (325 dC), el primer historiador eclesiástico, Eusebio, mantuvo que Jesús había nacido en una cueva sobre la que luego se edificó un grandioso templo cristiano. Según san Jerónimo, desde tiempos de Adriano hasta Constantino, junto a Belén hubo un bosque consagrado a Adonis, dios al que se lloraba en la misma gruta donde – en un principio – se creía nació Jesús. Pero hay aún quienes dan la razón a Mateo cuando habla de una casa, suponiendo que el natalicio pudo tener lugar en una de las cuevas acondicionadas como hospederías u hospicios, que contaban con habitaciones espaciosas y que – teniendo en cuenta la época – podían ser establecimientos públicos confortables, bien alejados del portal de Belén que hoy nos imaginamos. Los críticos se han preguntado por qué no se alojaron en casa de amigos o parientes, ya que – según Lucas – era la ciudad natal de José.

Diversos autores han demostrado que la práctica totalidad de los detalles del nacimiento e infancia de Jesús se repite en muchos otros dioses, o salvadores de la Humanidad. En ocasiones, hasta los nombres de sus madres-vírgenes se parecen enormemente al de María: la de Buda y la del egipcio Hermes se llamaban Maia, Maya la del hindú Agni y la del siamés Codom, Myrra la de Adonis y Baco-Dionisos.

A fin de cuentas, tal vez tenga razón san Agustín cuando explica – como ya lo hizo Orígenes 150 años antes – que “los antiguos conocían también lo que ahora llamamos la religión cristiana, que existía ya desde los más remotos comienzos hasta que Cristo apareció en carne y hueso. Desde entonces, el nombre de Cristo fue dado a la verdadera religión”.

Enrique de Vicente

Fuente: MysteryPlanet.com.ar

Polémica por presunto contenido “antisemita” en sitio del Capellán del Ejército norteamericano

Enviado por aquiles el 30 Oct 2007 | Categorí­a: Actualidad, Filosofí­a y Religión, Fuerzas Armadas

Imagen del Fort LeavenworthMichael Weinstein, fundador de la agrupación “Libertad Religiosa Militar”, dijo que pretende demandar al Ejército norteamericano ante la Justicia, debido a la existencia de materiales presuntamente antisemitas en la página web de Fort Leavenworth.

Tres lecciones bíblicas subidas a la página del Capellán del Ejército condenan a los judíos por lo que se define militarmente como “actos de terrorismo”, entre los que incluyen la crucifixión de Jesús, y la persecución de los referentes del cristianismo durante los primeros tiempos de esta religión.

Fort Leavenworth es la sede del Estado Mayor Conjunto, e incluye a la Escuela de Comandantes y de Staff General, donde cientos de oficiales reciben entrenamiento formal cada año. También alberga a varias escuelas y centros que están involucradas en la redacción de la doctrina relacionada con las guerras de Irak y de Afganistán.

El Teniente General David Petraeus comandaba este sitio, antes de ser elegido por George W. Bush para liderar las fuerzas de coalición en Irak.

Janet Wray, vocera de Fort Leavenworth, dijo que esa parte del sitio del capellán fue “bajada” de la red, hasta que un grupo de oficiales la estudie y evalúe si es realmente antisemita o no.

Fuente: Agencias

Vida de San Cayetano, Patrono de los Trabajadores

Enviado por aquiles el 07 Ago 2007 | Categorí­a: Educación, Historia, Sociedad, Filosofí­a y Religión, Nacionalismo, Tradiciones, Biografías

En este 7 de agosto los Argentinos honramos muy especialmente a San Cayetano, Patrono de los Trabajadores. Los Nacionalistas no podemos olvidar que el símbolo del 7, que representa a este Santo, es precisamente el que exhiben los Estandartes del Partido Nuevo Triunfo, que adoptó el número por este extraordinario hombre que entregó todo lo que tenía en favor de los más humildes de su Patria.

Aprendamos de San Cayetano y de todos los grandes hombres y mujeres que con sus buenas acciones y sacrificios se han transformado en las antorchas que iluminan el camino de la Humanidad, y que nuestros enemigos pretenden hacernos dejar de lado.

¡Viva Kalki! ¡Viva Argentina!

Aquiles

Vida y Obra de San Cayetano

En el año 1480 nace Cayetano. Su padre es Gaspar, Conde de Thiene y su madre María Porto. Tiene dos hermanos: uno mayor, Juan Bautista y Alejandro, el menor. A los dos años quedan huérfanos de padre.

Con el comienzo del nuevo siglo, poco después del descubrimiento de América, Cayetano cursa la carrera de abogado. Sus compañeros lo eligen delegado estudiantil en la Facultad y sus profesores lo alaban por las altas notas obtenidas. Responde con sencillez: “Creo que valgo por lo que soy, y no por lo que los demás digan de mí.”

El Papa Julio II nombra a Cayetano, Conde de Thiene, en un importante puesto en la Cancillería de los Estados Pontificios.

Uno de sus secretarios escribe: “A pesar del puesto; Cayetano no se da ninguna importancia. Viste con sencillez, atiende a todo el mundo aunque sea fuera del horario de oficina. Siempre activo donde lo necesitan. Trata a todos igual, ya sean ricos o pobres. Si mantiene esta actitud tan servicial llegará a ser un hombre muy importante…”

Con un grupo de diplomáticos logra evitar la guerra entre la República de Venecia y los Estados Pontificios, cuyos resultados podrían haber sido desastrosos. Gracias al acuerdo Cayetano gana enorme prestigio y comienza a sentir los halagos de la gloria.

Sin embargo, Cayetano sabe que su vida necesita seguir el camino de Jesús. Así explica: “Siento que día a día mi vida suspira por amar a Dios. Mis años de abogado me enseñaron que el pueblo necesita palpar a Dios a través de las obras de los cristianos, de su acción, de sus enseñanzas, de su entrega. Quisiera hacer siempre la voluntad de Dios: esto deseo, y a esto aspiro. Ahora voy a dar otro rumbo à mi vida. Mi camino es dejar todo sin mirar atrás. Uniré mi propia vida a la Cruz de Cristo. Seré sacerdote.”

A los 36 años, el 30 de septiembre de 1516, Cayetano es ordenado sacerdote. Comienza su acción apostólica en Venecia.

Le preocupa el excesivo lujo de los palacios y la miseria de los suburbios. Se propone “no dejar de luchar hasta que vea a los cristianos correr hambrientos para nutrirse del Pan Sagrado.”

Organiza el primer Hospital de Enfermedades Infecciosas y cuando no queda dinero para pagar el sueldo a los mejores médicos de la ciudad ni para alimentar a los enfermos, ordena la venta de su biblioteca, lo último que queda de sus bienes: “Jamás dejaré de entregar lo mío a los necesitados hasta que me vea en tal pobreza que no me quede ni siquiera un metro de tierra para mi tumba, ni tenga un centavo para mi entierro.”

Son tiempos difíciles. En Alemania Martín Lutero, un monje, proclama la separación del Papa y se independiza de la Iglesia de Roma. Cayetano responde con un nuevo proyecto: “Creo que la Iglesia es siempre la Iglesia. Como esposa de Cristo no tiene ninguna mancha, ninguna arruga, es blanca y pura; pero por culpa de los hombres aparece corrompida… Quisiera presentar ante los ojos del clero un grupo de sacerdotes que vivan juntos, cumplan con el celibato, no busquen el dinero, sepan ser pobres… entonces el ejemplo arrastrará y comenzaremos la reforma desde nosotros mismos.”

El Papa Clemente VII aprueba el proyecto a pesar de la oposición de algunos asesores. Cayetano con varios compañeros dicen: “Somos célibes, como lo pide la Iglesia a todos sus sacerdotes. Queremos ser pobres: no poseeremos rentas, ni tierras. Sólo aceptaremos las donaciones espontáneas del pueblo. La riqueza no da al clero ni paz ni libertad para el apostolado. No viviremos ni en conventos ni en monasterios, sino en casas sencillas. Tendremos un superior responsable y dependeremos directamente del Papa. Nos dedicaremos al estudio de la Biblia, a la liturgia, a ayudar a los presos, pobres, enfermos. Nos Ilamamos Clérigos Regulares.”

Los Clérigos Regulares viven en Roma. Han renunciado a todos sus bienes y al grupo se une un obispo, Monseñor Carafa que con los años Ilegará a ser el Papa Pablo IV. Se instalan en una humilde casa de la calle Leonina, en un barrio suburbano.

Surgen alabanzas y críticas. Una noche alguien escribe en la pared: “Carafa, Cayetano, y compañía: no reformen imposibles, reformen sus cabezas de locos.”

Los jóvenes romanos se entusiasman. Comienzan las primeras vocaciones y la casa resulta chica. Se mudan a una nueva vivienda, en las afueras, casi pegados a la muralla de la ciudad.

El 6 de mayo de 1527 las tropas del emperador Carlos V saquean Roma. El Papa huye por un túnel secreto. Las tropas se apoderan de los bienes, incendian casas, violan, profanan templos…

Al llegar a la casa de los Clérigos Regulares les exigen dinero. Los sacerdotes responden que son pobres. La tropa no les cree y torturan a Cayetano enganchando su cuerpo con una soga de la que tiran a través de una polea. Se desmaya. Golpean al resto de los compañeros y se alejan furiosos.

Otros soldados los encuentran. Los llevan prisioneros para pedir el rescate a sus familiares. Si no entregan fuertes sumas de dinero morirán como otros rehenes. Cayetano y sus amigos se sienten más que nunca en las manos de Dios.

A raíz de un banquete entre varios jefes, entusiasmados por el vino y la euforia, el jefe de la guardia los deja ir, convencido de que nadie pagará por ellos. Huyen de Roma en una barcaza y un barco de la República de Venecia los devuelve a la tierra natal.

Cayetano se traslada a Nápoles para comenzar a difundir el espíritu y las energías de los Clérigos Regulares.
Sin perder un instante refuta los argumentos de otros religiosos que se extrañan de su extrema austeridad y del estilo de vida.

Funda un monasterio, refugio para prostitutas arrepentidas y toma la iniciativa de tramitar el establecimiento de un Banco Popular que conceda crédito sin interés, quebrando el criminal negocio de prestamistas usureros.

La actividad de los Clérigos Regulares en Venecia se multiplica:

* atención de hambrientos y enfermos cuando la gran sequía y peste de 1529 a 1532;
* proyecto de fundación de una imprenta para “ganar el pan con el sudor de la frente”;
* organización de una comisión de ayuda a los presos;
* servicios religiosos y asistenciales;
* colaboración con Carafa, que es designado Cardenal, en los estudios preparatorios de un Concilio. Se proyecta una amplia reforma de la Iglesia.

El pueblo de Nápoles se rebela contra el Virrey, representante de Carlos V. Tropas españolas y napolitanas se enfrentan en las calles y en las plazas. La furia de la multitud masacra brutalmente, el ejército imperial degüella sin contemplaciones. Cayetano, con sesenta y siete años, busca un acuerdo entre los rivales. Parece no conseguirlo. Enferma gravemente. Pide la Comunión. A las cinco de la tarde del 7 de agosto de 1547 muere.

El pueblo le atribuye la paz, porque los embajadores del Emperador traen un acuerdo justo.

El 12 de abril de 1671 el Papa lo declara Santo junto con Rosa de Lima y Luis Beltrán (ambos difusores del Evangelio en Latinoamérica), Francisco de Borja y Felipe Benicio.

Fuente: Web del Santuario de San Cayetano en Argentina

Los Jesuitas se preparan para evangelizar en el Second Life

Enviado por aquiles el 31 Jul 2007 | Categorí­a: Actualidad, Filosofí­a y Religión, Internet

ROMA (Reuters) - Los misioneros católicos han recorrido desde siempre los lugares más peligrosos de la Tierra para difundir la palabra de Dios. Ahora, se preparan para adentrarse en los reinos virtuales de Second Life.

En un artículo del periódico romano de la orden jesuita La Civilta Cattolica, el académico Antonio Spadaro animó a sus compañeros católicos a no temer entrar en un mundo virtual, que podría ser un fértil campo de cultivo para nuevas conversiones de quienes deseen ser mejores personas.

“No es posible cerrar nuestros ojos a este fenómeno o apresurarse a juzgarlo,” dijo Spadaro. “En lugar de ello, es necesario entenderlo (…) Y la mejor forma de entenderlo es meterse dentro.”

Second Life es un juego de simulación en el que los participantes pueden crear una versión virtual de sí mismos o avatar e interactuar con otras personas en un mundo tridimensional.

Según explica su página internet, Second Life tiene una población de más de 8 millones de residentes y millones de dólares cambian de manos cada mes.

“¿Hay ciberespacio para Dios?,” pregunta Spadaro en su artículo, en el que informa de que ya existen iglesias y templos de incontables religiones. Cita a un musulmán sueco que dice que su avatar reza con la misma regularidad con la que ora en la vida real.

Spadaro advierte a los legos de que “la dimensión erótica está muy presente” en Second Life, que la gente puede comprar genitales para sus avatares en un mundo que está “abierto a cualquier forma de estimulación erótica, desde la prostitución a la pedofilia.”

Sin embargo, aunque el entorno virtual podría ser un refugio para quienes buscan evadirse del mundo real, está también lleno de gente buscando algo más de la vida, incluyendo, posiblemente, la iluminación religiosa, explicó.

La leyenda de los Continentes Perdidos

Enviado por aquiles el 10 Jun 2007 | Categorí­a: Filosofí­a y Religión, Ciencias Alternativas, Esoterismo, Mitos y Leyendas

Las Almas Viejas

Las leyendas humanas mencionan a menudo hechos extraños ocurridos en lugares extraños. Para muchos, es suficiente decir “¡Bah, sólo se trata de fantasías!”. Para otros, detrás de las leyendas más delirantes puede esconderse una realidad que desafía a nuestra inteligencia y capacidad de averiguar las verdades más allá de la superstición o de la deformación de datos por el paso de los siglos.

Entre las leyendas más arcaicas de la humanidad están las de los Continentes Perdidos, que refieren cataclismos espantosos y el aniquilamiento de razas completas que fueron humanas o humanoides y desarrollaron civilizaciones avanzadas.

La más famosa de las leyendas sobre este tema es la de la Atlántida, y tal es su importancia, que en este sitio web podrá encontrar varias referencias en diferentes artículos. Aunque las raíces de esta leyenda arrancan del antiguo Egipto, llegaron a nosotros a través del gran filósofo Platón, el Ateniense.

Hiperbórea

También ha llegado hasta nosotros, a través de los antiguos griegos y romanos la información sobre otra isla legendaria: Hiperbórea, la Patria de seres tan hermosos, sensitivos e inteligentes, que apenas se creyera que fuesen humanos.

Las tradiciones son mencionadas por los griegos Heródoto y Diodoro, y los romanos Virgilio y Plinio. Cuentan que muy al Norte, más allá de donde nace el viento norte o Bóreas, existió una isla maravillosa rodeada por altísimas montañas de hielo. Dicen que los habitantes de Hiperbóreas eran seres de blancura de nácar, casi translúcidos, y en particular sus mujeres eran de una belleza y un ingenio por encima de lo humano.

La luz del sol reverbereaba en los acantilados vertiginosos de hielo cristalino. Según Virgilio, los pocos navegantes que alguna vez alcanzaron hasta sus proximidades vieron aquella tierra bendita rodeada de un halo de luz indescriptible, tan arrobadoramente bella, que cayeron de rodillas cantando plegarias a los dioses.

A pesar de estar rodeada de nieves eternas, el sol que reflejaban los ventisqueros calentaba la atmósfera y la tierra. Como si fueran espejos cóncavos, los hielos concentraban el poder vivificador de los rayos solares. Así, en hiperbóreas el clima era paradisíaco, semi tropical, y cada palmo de tierra era un vergel.

Sin embargo, nadie pudo llegar en verdad hasta el interior de ese edén, pues se encontraba por completo aislado por las escarpas infranqueables de hielo.

Más llegó un día en que los polos cambiaron de lugar, y la maravillosa Hiperbóreas se hizo inhabitable, quedando completamente cubierta por glaciares. De los Hiperbóreos muy pocos salvaron la vida. Principalmente hubo sobrevivientes mujeres, que lograron huir por un pasaje secreto, un túnel, que llegaba hasta el sur de la actual Alemania.

Se dice que los Hiperbóreos se mezclaron con los humanos comunes, dando vastagos de gran belleza y dotados de poderes sobrenaturales como la precognición o adivinación del futuro, y una inteligencia brillante. Dice Diodoro que el Maestro que inició a Pitágoras en los Misterios y en las matemáticas, Ferécides de Siros, habría descendido de hiperbóreos.

Otras tierras legendarias, perdidas en lo profundo de los mares o transformadas en desiertos irreconocibles, son el Continente de Mu. El continente o Gran Isla de Hiva, la Tierra de Gond o Gondwana, la Lemuria.

La leyenda, las tradiciones y las informaciones conservadas en grupos esotéricos de origen muy antiguo, indican que estos continentes fueron aniquilados hace tanto tiempo, que resulta imposible que en ellos puedan haber existido seres humanos. O, al menos, seres humanos como nosotros, de la especie Homo Sapiens.

¿Cómo es posible que se hayan producido cataclismos tan enormes sin que la vida misma fuera aniquilada?

Antes de detallar lo que sabemos sobre esas tierras perdidas, conviene que comprendamos bien el asunto de los viejos cataclismos.

Antes de la Leyenda

Los habitantes de esos mundos habrían tenido, entonces, “alma humana” aunque sus apariencias quizás hayan sido sólo extraños remedos de la figura humana que conocemos. Para la Iglesia Católica, lo que hace humana a una criatura es su alma. Así lo estableció la encíclica “Humani Generis” del 12 de Agosto de 1950, en que el Sumo Pontífice aceptó la teoría de la evolución y la posibilidad de que el cuerpo humano haya sido creado a partir de “materia viva” (por ejemplo, otro animal). Sólo exige la fe católica sostener que Dios creó las Almas humanas en acto inmediato, directo.

Esas leyendas llegan hasta nosotros por escritores de la antigüedad que a su vez citan a otros autores más antiguos los cuales por su parte se refieren a tradiciones que se pierden en la noche de los tiempos… serán entonces otras leyendas las que nos permitirán confrontar, a través de coincidencias o contradicciones, qué puede haber de verdad en todo aquello. Qué pasó antes de que naciera la leyenda.

El muy suspicaz y realista historiador Heródoto, de la antigua Grecia, se mostró siempre reacio a dejarse convencer por relatos fantasiosos. Sin embargo, refiere que en Tebas, Egipto, los sacerdotes de Amón le hicieron saber que en sus papiros arcaicos se indicaba que el Sol había amanecido cuatro veces en forma distinta a la usual. Y que en dos ocasiones había amanecido por el lugar donde ahora se pone.

“Los Nueve Libros de la Historia”

También otros documentos de la antigüedad, conservados en bibliotecas modernas, se refieren a trastornos cósmicos de gran envergadura. El “Papiro Mágico Harris”, el “Papiro Ipuwer” y el “Ermitage”, contienen aluciones a legendarias convulsiones del planeta, en las cuales la Tierra “se dio vuelta”, y “el Sur se hizo Norte”.

¿Quién pudo recordar hechos tan aterradores y antiguos?

La ciencia moderna no ha encontrado rastro alguno que pueda arrojar indicios sobre catástrofes tan enormes a partir del llamado “cuaternario”, es decir, la edad geológica y paleontológica en que se desarrollaron los mamíferos y apareció el ser humano.

Al parecer, si tales cataclismos ocurrieron en verdad, se produjeron cuando aún faltaban milenios, tal vez millones de años para la aparición del Homo Sapiens, la especie a que pertenecemos. ¿Cómo es posible, entonces, que haya recuerdos todavía más antiguos?

Hasta ahora, sólo se perfilan tres posibilidades.

La primera, que tales leyendas carezcan de fundamento y no sean más que sueños de la psiquis atormentada de primitivos visionarios. Cataclismos arquetípicos del inconciente colectivo y no del mundo material, (arquetipos: perteneciente a los símbolos primordiales de toda la humanidad y que dan forma al funcionamiento de la mente humana. Ver C.G. Jung).

La segunda, que tengan una base de verdad, pero que los testigos de tales hechos hayan sido no de la especie homo sapiens sino de una especie anterior a partir de la cual evolucionamos. Y que haya sido un conocimiento tan profundamente traumático y cargado de horror, que llegó a imprimirse en la memoria “raciomórfica” (raciomorfo: La aparente “inteligencia” de los animales que, siendo combinaciones instintivas, a veces pareciera “razonamiento”) de aquellos animales pre-humanos, sin disolverse en el olvido cuando esa especie desapareció y fue reemplazada por el “homo sapiens”.

La tercera posibilidad es que tales leyendas nos hayan llegado a través de testimonios de “otros seres”, que presenciaron las catástrofes y sobrevivieron a ellas, quedando como náufragos en un planeta deformado y distinto, en el que lograron aferrarse a la supervivencia por sucesivas generaciones de degradación sin esperanza. Los últimos descendientes de aquellas razas primordiales pueden, quizás, haber tenido contacto con los primeros de la raza nueva, la nuestra. Y en aquellos contactos pueden haber narrado su infortunio, masticando un pedazo de carne al trémulo abrigo de una hoguera ante un albergue de Cromagnon.

Llenos de compasión y horror, nuestros antepasados ancestrales habrían recordado esas narraciones, repitiéndolas de generación en generación por los sacerdotes y los “cuentacuentos” de la Tribu, hasta que la invención de la escritura permitió fijar la leyenda en el papiro y encontrarla ahora relegada a las cámaras de seguridad de un museo de Francia.

Si pensamos, con nuestra mentalidad moderna, en la posibilidad de que el sol salga por el Oeste y se ponga por el Oriente, consideramos que ello está fuera de toda posibilidad. La superficie terrestre gira a 1.750 kilómetros por hora en torno al eje de la Tierra (Recorre su perímetro de 42.000 kilómetros en el Ecuador, en 24 horas). Una frenada en ese movimiento proyectaría la inercia espantosa de océanos y continentes, aniquilándolo todo. Incluso la atmósfera terrestre saldría disparada, fuera de la gravedad del planeta. Y aún, faltaría encontrar que fuerza inimaginable podría detener el girar de la Tierra y además volverla a hacer girar en sentido contrario.

Es así claro que aquella inversión del curso del sol en el cielo no puede relacionarse más que con un bamboleo del planeta a lo largo de su eje norte-sur. Si una fuerza excepcional pudiera romper la inercia planetaria, éste mundo nuestro cambiaría la ubicación de sus polos en relación con el sol, y se invertirían los conceptos de oriente y occidente sin alterar para nada la inercia del movimiento de rotación de la Tierra.

Así, coinciden las dos leyendas primitivas. Para que el sol salga por occidente, el norte tiene que volverse al sur. Una leyenda justifica a la otra.

Y entre ambas leyendas pueden hacernos más comprensibles las tradiciones antiquísimas que nos hablan de los Continentes Perdidos: Hiperbórea, la Tierra de Mu, Gondwana, Lemuria, La Atlántida.

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H.P. Lovecraft: A 70 años de la muerte de un escritor singular

Enviado por aquiles el 02 May 2007 | Categorí­a: Arte y Cultura, Literatura, Personales, Filosofí­a y Religión, Esoterismo

En este 2007 se cumplen 70 años del fallecimiento de uno de los maestros del género de la literatura gótica y de horror del Siglo XX, Howard Phillips Lovecraft. Aún hoy la mayorí­a de los cí­rculos literarios no reconoce la poderosa influencia que este autor ejerce en nuestros dí­as en los más diversos ámbitos, ni tampoco la capacidad que tuvo para crear una visión del mundo absolutamente distinta a la que nos tení­an acostumbrados los escritores de su tiempo.

Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en la pequeña ciudad de Providence, Rhode Island, Estados Unidos. Fue criado bajo una educación tradicionalista, que defendí­a una doctrina racialista y abrigaba cierta desconfianza hacia los hebreos, rasgos que serí­an caracterí­sticos del pensamiento del talentoso novelista y que todos sus biografos remarcan.

Comenzó a escribir de muy joven historias de suspenso y terror, pero pronto las mismas empezaron a tomar particularidades propias que lo alejaban de la obra de otros autores, como la de su compatriota Edgar Allan Poe. El mundo de Lovecraft es muy definido: habla de una Tierra pre-histórica gobernada por antiguos dioses conocidos como los Primordiales, de vastos conocimientos y aspecto espantoso, que en un momento fueron vencidos por fuerzas superiores y condenados a vivir en otra dimensión. Esos Primordiales, desde su lugar de reclusión, siempre intentan regresar a nuestro mundo con la ayuda de algunos acólitos humanos. Su retorno implicará la destrucción de nuestra civilización. Lo interesante de Lovecraft es que no sólo nos describe ese desolador panorama en sus novelas, sino que además ha publicado la que serí­a la “biblia” de los Primordiales, el Necronomicon, que contiene los ritos para lograr abrir los pasajes dimensionales. Para sorpresa del lector argentino, el escritor incluso sostení­a que uno de los ejemplares del “libro maldito” se encontraba en un sector oculto de la Biblioteca de la Universidad de Buenos Aires.

El 15 de marzo de 1934 Lovecraft murió a los 46 años de edad. Como a tantos otros genios, el reconocimiento le llegó post-mortem. Hoy sus principales libros han sido traducidos a 12 idiomas, y a continuación intentaré dar un pequeño resumen de los alcances de la influencia de Lovecraft en nuestra cultura.

En vida, el hijo de Providence tuvo como amigo cercano a Robert Ervin Howard, un escritor fundamental de la literatura fantástica que creó, entre otros personajes, al reconocido héroe Conan el Cimeriano. Howard perteneció al denominado “Cí­rculo de Amigos de Lovecraft”, un selecto grupo de hombres de la cultura que compartí­a su afición por temas mí­ticos y legendarios, y que también participaba del auge de los grupos esotéricos en Europa, sobre todo los cercanos a Madame Blavatsky y similares. No es para nada errado sentenciar que Lovecraft proyectó un nuevo universo y que Howard lo habitó con sus guerreros. Conan pelea precisamente contra los monstruosos descendientes de los Primordiales, al igual que sus hermanos literarios, como el Rey Kull.

Lovecraft y Howard compartí­an una misma visión del devenir del tiempo, teniendo una concepción cí­clica de la Historia. Su amistad fue tan fuerte que incluso llegaron a intercambiar personajes en sus novelas. Sin Lovecraft, Howard no habrí­a llevado adelante su literatura.

Resulta curioso pensar que Conan, quien emerge de una rama de la literatura de horror fantástica con innegables rasgos góticos, luego se terminara convirtiendo en un destacado protagonista del mundo del comic, con tanto éxito que finalmente fue llevado con total acierto al cine en dos pelí­culas estelarizadas por el hoy gobernador Arnold Schwarzenegger. El primer film de la saga, “Conan el Bárbaro”, tiene un mensaje muy afí­n al pensamiento polí­tico que propugnaban los miembros del “Cí­rculo de Amigos de Lovecraft”. Su director, John Milius, confesó luego del rodaje que la escena final, donde el guerrero del Norte elimina al demoní­aco jefe de la secta de Seth, se inspiró en la labor de Leni Riefensthal en “El Triunfo de la Voluntad”.

Como dato extra para los fanáticos de esta temática, sepan que el productor de Conan fue Dino De Laurentis, quien años más tarde produjo otra pelí­cula de ciencia ficción muy recomendable, Dune, basada en los libros de Frank Herbert y donde se narra una historia futurista donde una estirpe de nobles pertenecientes a la Casa Atreides libra un combate contra una aristocracia corrupta y decadente. De los Atreides nace un lí­der, conocido como el Mahdi, que encabeza una “Jihad”. Los cuerpos de élite de los Atreides usarán uniformes negros y gorras con una calavera, sus tropas usarán uniformes pardos, y en sus estandartes verdes y negros estará plasmado un Halcón, y son ayudados por los Fremen, una tribu semi-bárbara de hombres del desierto con ojos totalmente azules.

Otro punto donde contemplamos con claridad la influencia de Lovecraft es en la labor cinematográfica del gran director John Carpenter, considerado uno de los mejores creadores de pelí­culas de terror de todos los tiempos. Especí­ficamente hay dos films de él donde se denota esto: “They Live” (estrenada en español bajo el tí­tulo de “Viven”), de 1988, y “In The Mouth of Madness” (denominada en nuestras tierras “En la Boca del Miedo”), de 1995. En la primera Carpenter hace un interesantí­simo e imperdible relato de ficción acerca de cómo nuestro mundo estarí­a controlado por una especie extraterrestre que se hací­a pasar por humana, infiltrándose en todos los puestos de poder, y cuyo verdadero objetivo era la explotación del planeta hasta su destrucción final. Una idea muy lovecraftiana ciertamente. La segunda pelí­cula es netamente un homenaje a nuestro escritor, quizás una de las pelí­culas de terror psicológico más notables que se hayan hecho, y fue protagonizada por Sam Neill.

También en la música se rindió tributo a Lovecraft. Una de las bandas de metal más reconocidas, Metallica, hizo una canción instrumental a la que denominó “The Call Of Ktulu”, similar al libro “The Call of Cthulu” de Lovecraft. James Hetfield, líder del grupo, explicó que en su momento alteraron un poco el nombre por temor a problemas legales. Recomiendo ver el video de ese gran tema, en la versión del recital “Symphony & Metallica”, en la que la banda toca junto a la Orquesta de San Francisco.

El mundo de los videojuegos tampoco escapa al universo de Lovecraft. A principios de la década del ´90 se publicó un tí­tulo que harí­a historia en el rubro: “Alone in the Dark”, producto de la empresa francesa Infogrames. En Alone asumí­amos el personaje de un detective que se debí­a internar en una tenebrosa mansión habitada por muertos vivos, espectros y demonios, para enfrentar al “dueño de casa”, un hombre que habí­a hecho un pacto con los Primordiales. Todo el juego está fundamentado en los libros de nuestro autor. “Alone in the Dark” cobró relevancia mundial por su extraordinario argumento y su sorprendente calidad gráfica, y es considerado un hito en la programación. Inspirado en él se hizo la serie “Resident Evil”, que se limitó a copiar la idea original y bajarle el contenido argumental para hacerlo más “accesible” al público, pues no todos entendí­an al Alone por no comprender que estaban en el medio de una verdadera novela de terror. En el 2005 fue estrenada la pelí­cula del juego.

Entonces, no sólo los libros de Lovecraft se han vuelto “de culto”, como se suele decir, sino que su influencia se ha extendido a otros terrenos como los comics, el cine, la música y los videojuegos. Por supuesto, pocos podrí­amos saber esto sin tener presente la información precedente.

Hace siete décadas morí­a H.P. Lovecraft, quien lamentablemente jamás pudo haber adivinado el legado que nos iba a dejar.

Aquiles